Concentración: 6 de MARZO. Plaza de Sant Jaume. 19:00 horas (Barcelona)
LA SOCIEDAD QUE DESPIERTA Por William Ospina
En los últimos veinte años Colombia ha vivido un verdadero holocausto del que apenas comenzamos a enterarnos.
Los
medios de comunicación han divulgado la proliferación de fosas comunes
donde los paramilitares sepultaron a sus víctimas por todo el
territorio, desde Sucre hasta Nariño, desde el Valle del Cauca hasta
Santander, desde la Sierra Nevada de Santa Marta hasta el Magdalena
medio. Otra vez, como en los años cincuenta, bandas de hombres armados
entraron a medianoche en las aldeas, llenaron de zozobra las regiones,
ejecutaron de un modo feroz y escalofriante a gentes desarmadas, en
unos casos acusándolas con razón o no de ser guerrilleros, en otros
casos utilizando el pretexto de la lucha contra la guerrilla para crear
terror en las poblaciones, apoderarse de las tierras y desplazar a los
habitantes.
No sólo los crímenes sino la sevicia de sus
circunstancias, y la revelación de que esas bandas de paramilitares
obraron a veces con la complicidad de miembros de las Fuerzas Armadas,
obraron a veces con el patrocinio de dueños de la tierra y de sectores
empresariales, obraron a la vista de todo el mundo y hasta cobraban por
su trabajo a los comerciantes de los pueblos, asegurando que estaban
llevando defensa y protección a la comunidad, son cosas que repugnan a
todo espíritu democrático. Hace mucho tiempo sabemos que cada vez que
la sociedad se ve amenazada por el crimen su único deber es corregir y
fortalecer las instituciones legítimas, y que entregar la defensa de la
sociedad a bandas de criminales es el modo más seguro de hundir a un
país en el caos y en la degradación moral.
Si en Francia, en
España, en México o en Argentina, se diera un fenómeno tan masivo de
crueldad, de miles de víctimas atrozmente asesinadas a las que nadie
les demostró jamás su culpabilidad, es seguro que esas sociedades, como
un mecanismo de decencia social, como un mecanismo de purificación
mental y moral, saldrían masivamente a las calles a rechazar esos
hechos atroces, a exigir justicia y reparación, y procurarían que todo
lo ocurrido saliera a la luz. Así reaccionó la Argentina ante los
crímenes cometidos por las dictaduras, aunque por supuesto se necesitó
el liderazgo de las madres de la Plaza de Mayo, cuyo amor por las
víctimas pudo más que el miedo a los victimarios. Ellas le enseñaron a
todo un continente que el silencio es un acto de complicidad, que a
menudo hasta los criminales necesitan que la sociedad les diga lo que
hicieron, porque la inercia infernal de la sangre suele anestesiar las
conciencias y acaba por hacer que ni los victimarios comprendan la
enormidad monstruosa de sus propios actos.
Alguien tiene que ser
capaz de reaccionar. No para reclamar venganza, ni siquiera para exigir
justicia, sino para demostrarse a sí mismo que no ha perdido su
dignidad humana, su capacidad de diferenciar entre lo que está bien y
lo que está mal. Una sociedad que no sea capaz de levantarse con toda
claridad contra esas oleadas de la barbarie, contra esas reviviscencias
del horror, corre el peligro de que esos hechos terribles se repitan
sin fin, y que el miedo termine siendo más poderoso que la confianza
como ingrediente de la vida cotidiana. Todos tristemente sabemos que en
Colombia ha sido así, y en estos días, cuando el Estado está procurando
someter a la ley a los paramilitares y tiene asediadas a las
guerrillas, es ya hora de reaccionar, de mostrar que la sociedad existe
y sabe lo que pasó y rechaza los caminos de la barbarie.
El
cuatro de febrero fue inequívoco el rechazo de la sociedad entera a los
crímenes de la guerrilla. Colombia se levantó contra los secuestros,
contra los campos de concentración que las FARC mantienen en el corazón
de las selvas colombianas, contra unas organizaciones criminales que
hace ya décadas mantienen a la sociedad amenazada y chantajeada. Y no
se levantó sólo para rechazar el secuestro sino para afirmar su propia
dignidad, su libertad, su deseo de vivir con plenitud en un país
pacífico y democrático.
Pero todavía Colombia no ha hecho sentir su
grito de rechazo contra la otra barbarie, que nos puso a vivir en un
inmenso campo de tumbas sin nombre. Y ese rechazo tiene que ser
igualmente enérgico, tiene que hacerles sentir a los victimarios, ahora
en proceso de sometimiento a la justicia, que esos fenómenos de
justicia privada tan frecuentes en Colombia no pueden repetirse. La
marcha del seis de marzo no debe ser sólo contra los crímenes que
cometieron los paramilitares, sino contra la tendencia de muchos
ciudadanos a pensar que el crimen es legítimo si se comete con una
determinada intención.
Una larga serie de sentencias judiciales de
los últimos tiempos ha condenado al Estado a pagar gigantescas
indemnizaciones por crímenes que se han cometido con intervención de
algunos de sus agentes o por negligencia institucional. La ciudadanía
tiene también el deber de rechazar que algunos funcionarios, e incluso
miembros de las Fuerzas Armadas, traicionando sus deberes
constitucionales, hayan violado la ley que era su deber defender, hayan
profanado la majestad de las instituciones, y quieran convertirnos en
cómplices de sus crímenes. El que esos delitos se paguen con nuestros
impuestos significa que se nos está convirtiendo en responsables de
todo aquello que no somos capaces de rechazar. Marchar es también la
manera de hacernos conscientes de nuestra responsabilidad como
ciudadanos, y de asumir un papel más activo en la vida nacional.
Por
eso no está bien que algunas personas, no sé con qué intención, quieran
disuadirnos del deber de marchar contra estos crímenes que, lo mismo
que el secuestro y la extorsión, repugnan a la condición humana y nos
convierten en rehenes de todos los odios y todas las crueldades.
Algunos hasta piensan, contra todas las costumbres de la democracia,
que una marcha ya es suficiente, y se atreven a decir, torciéndole el
cuello a la lógica, que una segunda marcha atenúa el efecto de la
primera. Nada más contundente que mostrar que una sociedad es capaz de
marchar una y muchas veces para que no queden dudas de su rechazo a
todas las violencias, a todos los chantajes y las amenazas. Tanto los
paramilitares como las guerrillas han intentado convertir estas marchas
en instrumentos de su odio. Ello es imposible: nadie podrá acusar a
millones de personas que marchan en paz contra cosas que son
evidentemente repudiables, y que marchando se hermanan en una vocación
pacífica y democrática, de ser voceros de ningún criminal. Hay que
marchar con decisión, hay que marchar con alegría, y, dado que la
libertad es lo primero, sólo hay que marchar si uno, en su corazón, en
la soledad central de su yo, como decía Borges, siente que ese
holocausto que Colombia ha vivido en los últimos años también merece un
rechazo clamoroso y multitudinario.
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