Caído del cielo

Se dibujaba la cálida mañana cordobesa entre bullicio, resonar de tráfico y motores rugiendo y, en el cielo claro, un espléndido sol encaramándose. Eran las nueve y media de la mañana, lunes de faena en una ciudad que ya acariciaba el estío.
Tomás caminaba despacio pero sin detenerse y a un ritmo acompasado. Bajo su brazo portaba una enorme y delgada maleta. Su rostro de ochenta inviernos estaba muy arrugado, una par de puñaladas hendidas en él hacían las veces de ojos, una boca torcida con dentadura de ruina y una barba gris de varios meses acumulada mostraban al desnudo el paso del tiempo por la insípida vida del viejo lobo solitario; sus manos, eran callosas y endurecidas por el duro trabajo en el campo desde su infancia; en su cuerpo, pantalones vaqueros muy desgastados, una camisa deshilachada, una vieja gabardina gris cubriéndolo casi por completo y un par de botines maltratados marcando su paso; en su cabeza, una raída gorra de paño cubría las penas que los años le legaron.
Caminó por las calles de la Judería de Córdoba, dentro del Casco Antiguo, hasta llegar al amplio Bulevar del centro, una zona de tránsito peatonal, fuentes y palomas blancas. Allí se detuvo en un banco y comenzó a sacar de su maleta decenas de lienzos pintados con acuarela que, en cuestión de minutos, cubrieron algunos metros del suelo en una exposición ambulante improvisada. A continuación, posó sobre las telas una pequeña lata a modo de depositario de fondos para aquél agradecido espectador que supiera valorar su humilde obra.
Un atril de dibujo recién desplegado y un lienzo blanco atrapado en él permitieron al anciano, un día más, proseguir con su tarea artística, pincelando aquello tan bello que a la gente agradaba y que él bien sabía lo que había significado en su vida: campos y sembrados de fértiles surcos, jornaleros encorvados y arados colmados de sueños, cielos azules de Andalucía y verdes olivares de la Subbética, tierras prósperas y callosas manos, senderos floreados y suelos yermos agotados; vida y lujo para unos pocos, vida sólo para otros tantos, sudor y hambre a destajo.
Fue capricho del cielo emborronarse con negros nubarrones de manera repentina, comenzando a descargar un aguacero igualmente inesperado. Por más que quiso apresurarse Tomás, sus obras ya habían comenzado a padecer las inclemencias del tiempo; borbotones de agua desteñían los lienzos y se precipitaban formando arroyuelos hasta los desagües en una singular conjunción de colores.
El viejo miró hacia arriba estirando su cuello, con el ceño fruncido y desafiante. Después, terminó de recoger sus obras empapadas, descoloridas por el torrente celestial. Fue en ese preciso instante cuando escampó y el infinito azul comenzó a despejarse de nuevo. El sol se abrió paso entre aquellas inoportunas nubes que poco a poco se fueron alejando.
El abuelo se acomodó en el banco con un gesto de resignación en su tez. Triste, abatido… De repente, procedente de una callejuela, salió un niño corriendo con su cara llena de mocos, delgadito como un suspiro y cubierto de harapos. No debía tener más de diez primaveras. Puso fin a su alocada carrera justo delante del lienzo que aún permanecía en el atril completamente mojado, aquél que Tomás no había hecho nada más que comenzar a pintar justo antes del diluvio. Acto seguido, comenzó a reír amplia y generosamente a la vez que se giraba hacia el decaído anciano, quien le observaba seriamente sin perder detalle alguno del espontáneo visitante que trajo el regreso del sol. Fue entonces cuando el pequeño, que no paraba un sólo instante de lamer una piruleta que tenía entre sus manos, se le acercó, sacó de su boca el gran caramelo con palo y, tan sonriente como al principio, alargó su brazo para ofrecer tal regalo al abuelo.
El viejo no pudo evitar dejar escapar de su boca una sonora carcajada que mostró con detalle el lamentable estado de su dentadura, haciendo gala de tres o cuatro dientes a duras penas mantenidos, pero ni siquiera reparó en eso, es más, no le hubiera importado tratándose de él y menos aún en aquellas benditas circunstancias que le estaban haciendo reír tanto. Tomó el caramelo de la mano del crío y éste a su vez emprendió nuevamente su veloz carrera hacia las calles de las que había llegado, allí desapareció como por arte de magia, de la misma forma que había llegado.
La gente comenzó a fluir de nuevo como lo hiciera hace unos minutos aquél chaparrón pasajero, llenando el Bulevar por doquier que se pasease la vista. Al pasar junto al abuelo se detenían ante el único lienzo que aún se mostraba de aquella exposición mañanera. Acto seguido, se giraban hacia Tomás sonriendo y, sin pensarlo, todos iban depositando monedas en la lata, medio llena de agua, que servía para acoger la limosna de algunos o el reconocimiento artístico popular de otros. El sonido metálico de las monedas al caer una sobre otra se iba alternando con el vaivén del gentío, las sonrisas y los gestos de agradecimiento del anciano que no daba crédito a lo que estaba sucediendo justo después de aquella catastrófica situación.
Nuestro amigo, perplejo, se levantó del banco y se acercó al lienzo para observarlo con detenimiento, del mismo modo que lo observaban los viandantes. Su rostro se desencajó del asombro al comprobar que sobre la tela, aún húmeda, estaba retratado con acertadísima exactitud el vivo retrato de su rostro, con una carcajada pintada en su boca que mostraba con detalle el lamentable estado de su dentadura, haciendo gala de tres o cuatro dientes a duras penas mantenidos. Un sol que rozaba el estío, brilló sobre el azul celeste con más vigorosidad que nunca.
Sin duda, y a pesar de la poca fe de Tomás, un ángel le había tocado hoy.
Enrique Sánchez Rodríguez, en Córdoba a 7 de junio de 2006
(Modificado 24 el 27 de octubre de 2006).
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