Fecha de caducidad
Se trenzan los halos de luz
a través del ventanal del olvido,
a horas tempranas, en ocaso azul,
en el viejo camastro del reloj detenido.
Ahí, sobre la mesa, quedó Rosita petrificada
con mirada luminosa y sonrisa perenne;
ahí sobre la mesita, la vida quedó posada,
arañando recuerdos inertes en un mundo irreverente.
Qué infértil surcó la tierra entre los callos de sus manos,
qué fatal vistieron de soledad la paciencia y el desamparo,
qué poco perdonaron los años, antaño de ensueño y ahora silenciados,
qué negocio tan vil y descarado el hacer de Tomás moneda de cambio.
Cuánto pesa el alma dormida y el aire espeso que llega silbando
como inmortal nana de cuna para difunto temprano,
pero poco pesa la conciencia entregada y el sabor añejo del viejo exiliado,
como graznido de ave deshonesta en podrido día de verano.
Qué poco queda a Tomás para estrechar a Rosita de nuevo entre sus brazos,
qué poco queda a Tomás para despertar de vitalidad saciado;
qué poco queda a la inconciencia para envejecer sin atino ni amparo,
qué poco sabor a gloria y cuanta carroña esperando.
Kike Sánchez, a 09 de julio de 2005