11 de septiembre de 2001, Estados Unidos
EL ADVERSARIO
Por Ignacio Ramonet
Era el 11 de septiembre. Desviados de su misión ordinaria por pilotos decididos a todo, los aviones se lanzan hacia el corazón de la gran ciudad, resueltos a abatir los símbolos de un sistema político detestado. Muy rápido: las explosiones, las fachadas que se hacen pedazos, los derrumbamientos con un estrépito infernal, los supervivientes que huyen despavoridos, cubiertos de escombros. Y los medía que difunden la tragedia en directo...
11 de septiembre de 1973, Chile
¿Nueva York, 2001? No, Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973. Con la complicidad de Estados Unidos, golpe de Estado del general Pinochet contra el socialista Salvador Allende, y bombardeo intensivo del palacio presidencial por las fuerzas aéreas. Decenas de muertos y el inicio de un régimen de terror que se prolongará durante quince años...
Más allá de la legitima compasión con respecto a las víctimas inocentes de los odiosos atentados de Nueva York, ¿cómo no reconocer que el propio Estados Unidos no es -no más que ningún otro- un país inocente? ¿No ha participado en acciones políticas violentas, ilegales y con frecuencia clandestinas en América Latina, en África, en Oriente Próximo, en Asia... cuya consecuencia es un trágico correlato de muertos, de "desaparecidos", de torturados, de presos, de exiliados...?
La actitud de los dirigentes y de los media occidentales, su escalada pro estadounidense, no deberían ocultarnos la cruel realidad. A través del mundo, y en particular en los países del Sur, el sentimiento que con mayor frecuencia han expresado las opiniones públicas con motivo de estos atentados condenables ha sido: "¡Lo que les ha pasado es muy triste, pero les está bien empleado!".
Para entender una reacción así, puede no ser inútil recordar que a lo largo de toda la "guerra fría" (1948-1989), Estados Unidos se lanzó a una "cruzada" contra el comunismo que en ocasiones adquirió ribetes de guerra de exterminio: millares de comunistas liquidados en Irán, doscientos mil opositores de izquierda suprimidos en Guatemala, cerca de un millón de comunistas aniquilados en Indonesia... Las páginas más atroces del libro negro del imperialismo norteamericano fueron escritas en el transcurso de esos años, marcados también por los horrores de la guerra de Vietnam (1962-1975).
Se trataba ya de "el Bien contra el Mal". Pero en aquellos tiempos, según Washington, sostener a terroristas, no era forzosamente inmoral. Por medio de la CIA, Estados Unidos preconizó atentados en lugares públicos, secuestros de aviones, sabotajes y asesinatos. En Cuba contra el régimen de Fidel Castro, en Nicaragua contra los sandinistas o en Afganistán contra los soviéticos. Fue allá, en Afganistán, con el apoyo de dos Estados muy poco democráticos, Arabia Saudí y Pakistán, donde Washington estimuló en los años 70 la creación de brigadas islamistas reclutadas en el mundo árabo-musulmán y compuestas por lo que los media llamaron los "freedom fighters", ¡combatientes de la libertad! Como es sabido, fue en aquellas circunstancias en las que la CIA comprometió y formó al ya célebre Osama Bin Laden.
A partir de 1991 Estados Unidos se instaló en una posición de superpotencia única y marginó de hecho a Naciones Unidas. Había prometido instaurar un "Nuevo Orden Internacional" más justo, en nombre del cual condujo la Guerra del Golfo contra Irak. Pero, en contrapartida, permaneció en una escandalosa parcialidad a favor de Israel en detrimento de los derechos de los palestinos (1). Además (y a pesar de las protestas internacionales) ha mantenido un embargo implacable contra Irak, que preserva al régimen y mata a miles de inocentes. Todo esto ha envenenado las opiniones del mundo árabe-musulmán y ha facilitado la creación de un campo de cultivo en el que se ha ido extendiendo el islamismo antiamericano.
Al igual que el Dr. Frankenstein, Estados Unidos ve ahora a su antigua creación, Osama Bin Laden, dirigirse contra él, con una violencia demencial. Y se dispone a combatirlo apoyándose en dos Estados, Arabia Saudí y Pakistán, que desde hace treinta años son los que más han contribuido a extender a través del mundo redes islamistas apoyando y aplicando métodos terroristas.
Veteranos de la guerra fría, los hombres que rodean al presidente George W. Bush tal vez no estén descontentos con la dinámica que experimentan las cosas. Quizá consideran incluso que se trata de una buena ocasión. Porque, milagrosamente, los atentados del 11 de septiembre les restituyen un factor estratégico del máximo nivel, del que se habían visto privados durante diez años, desde el hundimiento de la Unión Soviética: un adversario. ¡Por fin! Bajo el nombre de "terrorismo" este adversario designado, como todo el mundo sabe, es a partir de ahora el islamismo.
A partir de este momento, las más terribles dinámicas podrían desencadenarse. Incluyendo una versión moderna del macartismo que tomará como objetivo a los adversarios de la globalización. ¿Os gustaba el anticomunismo? ¡Adoraréis el anti-islamismo!
(1) léase a Alain Gresh, Israel, Palestine. Vérités sur un conflict, Fayard, París, 2001.
Texto original de noviembre de 2001.
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