Ilustración: Felipe García
Sentí los pasos de Bolívar,
subí con él a la montaña,
vi sus ojos nocturnos,
que buscaban
un alto en el camino,
un fuego humilde,
donde echarse a dormir
cuentos de islas y astros.
Sentí los hombros duros de Bolívar,
su cuerpo ágil, exacto,
sus manos de pájaro silvestre.
Yo fui tras él a la batalla.
Y vi un tropel de estrellas
tras el duro galope de su potro.
Su voz me toca aún
en cada paño de sabana,
y su recuerdo fulgura en las playas,
como un incendio lejano.
FuenteTags: Simón Bolívar