lunes, 02 de julio de 2007
El infierno de Marta

Imagen
Encerrada en aquella habitación, hice balance de mi vida, ahogada en un mar de auto - desprecio...


Ahí está la Luna otra vez, bonita y descarada, mirándome orgullosa, exhibiendo sus encantos encaramada en su trono celestial.
Y yo aquí, los niños durmiendo para que no se enfade, la comida servida para que no tenga que esperar… a Dios ruego, si es que algún día estuvo a mi lado, que no se enfríe mientras llega o no llega del trabajo, o de donde quiera que esté, total, no me debe ninguna explicación, yo estoy aquí para servirle y si no, ¿para qué coño me casé con él? Eso quisiera saber yo.
Marta, casta y pura, toda para él, a quién entregué mi juventud, a quien entregué mi vida con tan sólo quince años. Yo por entonces dejé la escuela, que ya me costó llevarla adelante en el pueblo con la faena que tenía en casa: la comida de papá, la ropa de papá, su tabaco, sus caprichos… que tiene que estar como un rey, para eso está harto de trabajar, ¿y yo, mamá? ¿Y tú? “Calla niña, que las cosas no son así, aquí cada cual tiene sus cosas y el mundo tú no lo vas a cambiar, ni vas a cambiar mi forma de pensar ni la de tu padre”.
Que ilusa ella, y que ilusa yo. Ella porque se fue a la tumba, que ya le tocaba, cansada de oficio, olvidada y engañada, con más pena que gloria pero no cumplida consigo misma y entregada al que lentamente la estaba matando; yo, por obediente, por educada y complaciente, por seguir sus sabios consejos, entregada a su mundo, abandonando muñecas, mi virgo… y aquél montón de ilusiones que en mis cajones guardaba: mis ahorros, mis libros de la escuela, mis fotos de cría y las de Ramón, quien con poemas bonitos siempre me hacía sonrojar, todavía me acuerdo y se me pone la piel de gallina, ¿qué habrá sido de ese niño rebelde y travieso? De aquél novio de pega que “tanto y tanto me amaba”, como solía repetir una y otra vez en sus cartas. ¿Qué será de aquél niño sin padre (suerte la suya) y con una madre “tocada”?, apestada en el pueblo por puta, por engendrar un hijo sin esposo, por malcriar a un niño lejos de la labor del campo y pegado a sus caprichos y libros, que iba a la escuela del pueblo de “al lado”, que no es la del Padre Ezequiel sino la de un loco revolucionario.

Imagen
"Esconder las marcas de mi cuerpo de los ojos ajenos era una tarea tan rutinaria para mí como cualquier otra labor doméstica"

¿Qué habrá sido de todos mis sueños? Maldita sea mi vida, maldita mi suerte y mi estampa; malditos sean el pueblo, las vecinas, el cura y la leche mamada; malditos sean los prejuicios, el querer aparentar y el vivir en una tierra desconsiderada; maldito el Don, el Señor, la posguerra y la mentalidad en ella arraigada; malditos aquellos años y esta cosecha podrida que recojo hoy y que comeremos mañana.

Él entrará por la puerta una vez más y, una vez más, vendrá cansado del trabajo, de la borrachera, del fútbol y de las lúcidas conversaciones del bar y de sus amigos de barra. Se sentará en la mesa, me pedirá las zapatillas y me gritará si la ropa no está planchada. Comerá hasta la saciedad, beberá mucha cerveza con la comida y se sentará delante del televisor hasta bien entrada la madrugada. Yo mientras estaré dormida, si no me requiere su excelencia por hoy o si ya no me reclama para ninguna otra tarea doméstica que pudiese necesitar de mi atención. Luego vendrá a la cama apestando a alcohol y tabaco, con barba de quince horas, olor a sudor y una retahíla de emociones que de pronto le emanan. Querrá sexo y me despertará su olor en mi oreja, la áspera lija de su cara en mi cuello y su brusca mano abriendo mis piernas al mismo tiempo que me gira y se acomoda encima cuan perro. Si me quejo me golpeará, porque cada error es un golpe, ¿y cuáles son los errores? Él los actualiza a su antojo, están a la orden del día. Tragaré su aliento, soportaré sus manos en mi cuello y todo su Ser clavado en mi alma. Será rápido pero se me antojará eterno, será fugaz pero tortuoso, me dolerá más por dentro que por las marcas dejadas… Y digo yo, si no le gusto, si estoy fea, desaliñada, gorda, enferma y no valgo ya para nada… ¿qué diferencia hay entre ser violada en la calle y ser violada en el matrimonio? Al de la calle no se le conoce, es un mal trago que pasa una vez y se repite en la mente durante mucho tiempo; sin embargo, ¿qué puedo decir yo? Que soy violada cada noche, que me siento por dentro ultrajada, que me alimento de vejaciones cotidianas, que espero el mañana para ver si cambia, que no hablo por vergüenza, porque la sociedad consiente y calla… Se repite en mi mente y en mi cuerpo continuamente.
Luego se quedará dormido y yo me sentiré más sucia que si de casta y pura no hubiera llegado al matrimonio. Me levantaré con cuidado de que no se despierte y, si hizo ruido, me golpeó o me gritó antes, tendré la precaución de ir a ver a los niños para comprobar que, con un poco de suerte, esta vez no se despertaron. Me encerraré en el baño, lloraré en silencio por un momento largo y tendido hasta quedar vencida por el sueño; acto seguido lavaré mi cuerpo, mas no conseguiré lavar mi dignidad ni mi conciencia, no de momento al menos. Ya extenuada, volveré a la cama, a su lado, por si necesita calor, por si necesita mi cuerpo a su lado, para dormir unas horas y levantarme temprano, pues el desayuno no puede hacerse esperar, ni los niños, ni las labores domésticas, ni el vaivén cotidiano. Él dice que trabaja como un negro, en su camión de transportes, de lunes a viernes y de ocho a cuatro; yo vivo “como una reina”, con “la comida en la boca”, un techo “regalado” y un par de críos que “con orgullo me ha dado”.
Por la mañana iré temprano al mercado, paseando la pena en los ojos y su cariño en mi cuello con un pañuelo que no tapa tanto descaro, entre inquisidoras miradas que murmuran a mi paso. Yo continúo caminando, para eso trabajo a jornada completa, sin contrato, más doce horas extras que no cobro con dinero, sino con desprecio, obligación y malos tratos. Los niños estarán en la escuela, él muy atareado y yo, sin tiempo de nada, matando la horas con la fregona, la lavadora, la plancha, la comida… el dolor, el vacío, el rencor, el miedo, el desamparo…
Él decía: - “Denuncia Marta, denuncia, que te rajo el cuello y te mando pa´ l otro barrio” “Bastante te estoy aguantando ya, veinte años de calvario” “No vales una mierda, estás hecha un cascajo” “No sé qué coño vi yo en ti” “Aquí uno como un cabrón toda su vida trabajando para llegar a casa y encontrarse esto, me tienes hasta…” “Si es que eres como tu madre…”- En verdad, esto último era algo en lo que ambos estábamos de acuerdo, yo era como mi madre, y ese había sido mi error para llegar hasta él, para quedarme a su lado de por vida cuando papá me lo presentó en el pueblo.

Ese es el día a día que llevo desde hace más de veinte años, pues antes que él fue mi padre y entre mi madre y yo compartimos la gustosa tarea de la servidumbre doméstica. Entonces, sin ser consciente de ello, ya estaba preparándome para lo que vendría después. ¿Quién lo agradece? Total, es nuestra obligación, ¿no? Nadie me habló de todo esto en aquél estúpido curso prematrimonial, ¿quién podía decir con certeza si estábamos o no preparados para recibir el Sacramento? Nadie está preparado para sufrir éste infierno. El cura nunca me habló de semejantes atrocidades, nunca pudo prevenir la actitud de mi honroso marido, nunca aprobaría nuestro divorcio independientemente de las consecuencias que el matrimonio hubiera deparado en esta relación y por ello, más valía prevenir en el momento de impartir el ridículo curso religioso. Y es que claro, no había cursillo prematrimonial que enseñase todo aquello o que llevase consigo su correspondiente parte práctica, ¿cómo una mujer podía vivir con su amado si no estaba casada con él? Semejante barbaridad no estaba permitida, sin embargo nadie pondría jamás en duda la palabra del hombre y nadie hablaría de su abstinencia carnal antes del matrimonio, ese era otro asunto aparte e insignificante que no solía mencionarse, ya que la castidad era coto reservado para aquella destinada a servir la casa con honra.

Aún recuerdo a la madre de Mariana, vecina del pueblo, avergonzada, con la cara tapada cuando salía a comprar, encerrada a cal y canto en su casa, puesta en boca de todos… Porque su hija se había separado y ahora vivía con sus dos niños en la ciudad, porque no aguantó a Valeriano, aquél troglodita que una y otra vez la golpeaba al volver tarde a casa de la taberna de Anselmo, aquél animal de bellota que despilfarraba las becas de los estudios de sus hijos en beneficio y disfrute propio. Aún la rondaba por su casa, con más de una orden de alejamiento, y aún la golpeaba, la insultaba, la acosaba y amargaba.

Pero no, amiga mía, de hoy no pasa. El dolor de Mariana es el mío, es el peso de muchas mujeres, es el castigo silencioso para la conciencia de tantas, es el “ego te absolvo” de otros y su conspiración, su consentimiento, el encubrimiento de la sociedad… de la familia. Es el sufrimiento mío hoy y el eslabón de la cadena que hará que continúe mañana. Éste, mi calvario, no va a ser en vano, éste dolor no va ser fútil ni un caso más enterrado. Voy a hacer multitudinaria mi voz y con ella llevaré la palabra concienciadora a toda esa mujer que calla. Ahora sí que me van a tener que escuchar.


Y aquella noche…

El verdugo entró por la puerta, encontró caliente su comida y, sobre una silla del comedor, su ropa perfectamente planchada, impoluta, cándida, pura… Las zapatillas a sus pies. Todo era correcto y su paz fue el agradecimiento.
Comió hasta saciarse la rica comida de su esposa y bebió vino blanco de Valdepeñas hasta llenar su protuberante barriga. Luego empezó a notar un sueño incontenible, como nunca antes había experimentado. “Marta, ¡¿a qué coño esperas?!, prepárame ya la cama.” “Ya todo está preparado, todo.”- respondió Marta.
El hombre se levantó de manera tosca y pesada, se marchó a la habitación y allí se desvistió igualmente torpe, desplomándose finalmente sobre la cama. Eran las diez de la noche, los niños dormían. La mujer abrió un cajón de la cocina y tomó un afilado cuchillo carnicero, acto seguido se dirigió a su marido, que roncaba como una bestia furiosa. Tomando su cabeza se la acomodó en el antebrazo y comenzó a deslizar la hoja del arma lentamente por el cuello del individuo. Después, una sábana envolviendo el corte detuvo la hemorragia y el estallido de color al mismo tiempo que se detenía su vida.

Ella y los niños pudieron dormir aquella noche sin sobresaltos y despertar del mismo modo.


Aquella fría mañana de enero…

Marta no fue al mercado ni los niños fueron a la escuela. Siguieron durmiendo plácidamente hasta llegar el mediodía. Luego visitaron a la abuela y allí comieron juntos. Los niños se quedaron jugando y Marta se entregó a la Policía, confirmando el asesinato del que fuera su marido en vida.

La mujer no estaba arrepentida, pensaba que ninguna otra mujer volvería a pasar por aquellas manos destructivas y eso le producía un profundo sentimiento de alivio y satisfacción. Sentía una vida nueva, lejos de aquél mundo lleno de odio y resentimiento del que había salido sola, ignorada hasta entonces y con la carga más grande del mundo: el amor de sus hijos.

Imagen
"De los dos posibles finales alternativos, elegí aquél que no me enterrara"

La noticia se hizo eco rápidamente en todos los medios de comunicación. Los Reality Show reconstruyeron los hechos a su manera y velaron por aquél hombre trabajador y ejemplar y por aquellos niños desamparados, condenando el delito de aquella loca madre, buscando una respuesta al ¿por qué? Mientras la audiencia subía hasta las nubes.

La misma sociedad que había consentido toda aquella injusticia iba a ser la que la condenara.
“¿A quién le puede importar ir a la cárcel cuando se viene del mismo Infierno?” – pensó Marta sin retractarse.



Kike Sánchez, 22 de junio de 2006.
www.revolucionche.blogcindario.com, www.revolucionche.galeon.com
revolucion_che79@hotmail.com



.

Tags: infierno, Marta, malos tratos, mujer, violencia de género, machista, justicia

Comentarios
Publicado por Patry
martes, 03 de julio de 2007 | 2:24
No le falta detalle a este artículo, esta muy bien redactado. La primera vez que lo leí los pelos se me pusieron como escarpias y aún después de haberlo leído varias veces, aún me sigue emocionando. Eres un maquina escribiendo, sigue así!! Lo mereces!!
Un saludo!! Chica
Publicado por REVOLUCION_CHE
martes, 03 de julio de 2007 | 2:32
Merci, merci... Me alegro de que te guste tanto leer mis relatos.

Saludos y no nos abandones nunca Guiño