"El último suspiro"

Hugo Hernández, el mismo que hubiera sido fiel al Cuerpo de Policía Nacional durante más de treinta años, acababa de ser retirado por improcedencia en el cumplimiento de sus obligaciones.
Entre cavilaciones y murmullo desfogado acariciaba con delicadeza el cañón de su Colt y, mientras tanto, pensaba una vez más en la monotonía de su vida tornada por la rueda de la fortuna. Sentado en la cama matrimonial de su habitación y apoyado en tan robusta cabecera, alargó el brazo hasta una pequeña mesita de noche, hecha con madera de roble, para alcanzar un proyectil de 9mm; luego lo introdujo en el tambor del arma y lo hizo girar con el brillo de sus ojos, humedecidos por perezoso desfile de recuerdos. De un golpe seco con la palma de su mano detuvo el girar decadente, encajando la pieza en el hueco.
Tantos años de trabajo... Compañeros y superiores le atormentaban aquella calurosa noche de agosto. Hugo comenzó a golpear con el puño cerrado e iracundo la pared, marcando en ella sus nudillos, sangre y desesperación.
Encauzó firme el revólver, clavó el cañón en su sien y sin dudarlo apretó el gatillo...
Un tímido “clic” escapó del diablo de acero seguido de un amargo suspiro. Luego comenzó a reír entre dientes, tal vez todo aquello no fuera suficiente motivo para dejar de vivir.
El ex-policía se levantó del alborotado lecho que le engullía, tomó un pequeño vaso de cristal del minibar de su habitación y lo colmó de DYC. A temperatura ambiente y de un solo trago el alcohol se deslizó por su garganta. Acto seguido se incorporó de nuevo sobre un mar de dudas.
Pensó en los últimos meses transcurridos, entre trago y trago de alcohol. Sabía que el whisky calmaba el dolor de sus heridas, si embargo en cuestión de minutos volvían a abrirse. Droga fatal, droga tan fiel y adictiva que le había sumido en un abismo de desolación . Sin vacilar, una vez más, apuntó de nuevo a su sien con el cañón del arma que sujetaba y, con sabor amargo, apretó nuevamente el gatillo y... otro “clic”, golpecito apagado de metal que trajo de nuevo un suspiro.
¿Y sus hijos? ¿Dónde estarían ahora? Ernesto y Miguel habían abandonado Córdoba para establecer un pequeño negocio de Informática en La Diagonal de Barcelona hacía ya prácticamente catorce años. Ahora, varios meses atrás llegaban sin noticia alguna sobre ellos para Hugo, desde que tuviesen fuertes discusiones motivadas por el alcohol y su situación hostil.
¿Es que nadie comprendía a Hugo?
El verdugo de metal amenazaba por tercera vez la cabeza de nuestro amigo, casi sin dudar. Y a la tercera... “¡clic!”. Esta vez no hubo suspiro que asomase entre sus labios, en su lugar, un vago resoplido de coraje.
Volvió a apretar el gatillo y vino precedido nuevamente de un “clic” y otra vez más... esta vez la Parabellum se encasquilló apiadándose de la suerte de Hugo que dictaba sentencia.
Sin precaución alguna abrió la recámara del revólver, cambió el proyectil de su interior por otro del cajón de la mesita y giró por segunda vez el tambor antes de cerrarlo.
Descansando sobre un armario, su esposa le observaba enmarcada en aquél retrato de boda que tan dulces recuerdos trajera a la dolida mente del hombre. Pensó entonces en Elvira, dulce castigo, aunque tal vez el único motivo para seguir viviendo. Hugo la seguía amando tanto o más que antaño y quizás esto hubiera sido motivo más que suficiente para seguir adelante. Pero ella, tras discutir varias veces con su depresivo esposo en estos últimos meses, había decidido pasar unos días fuera, supuestamente en casa de su madre. Hugo sabía que no volvería, pues testimonio de que había una tercera persona y certificado de seguridad eran aquellos versos que tintaban folios enteros y que habían suplantado sus poemas de adolescencia para Elvira.
Sin embargo, los pronósticos anticipados de Hugo, regados con grandes dosis de celos, pocas veces le trajeron buenos resultados. La realidad esta vez parecía bien distinta pero tampoco sus premoniciones se antojaban firmes.
Una vez más encañonó su sien, ahora tembloroso su pulso y llorosos sus ojos, embriagado en recuerdos y ahogado entre sollozos de hiel. Hugo fue apretando el gatillo de manera gradual, síntoma inequívoco de la indecisión que el tiempo le iba creando. Pensando en Elvira y por un momento, el “tic-tac” del reloj de pared pareció detenerse. Se arropaba entre tanto con la fría soledad, acurrucado en el hueco que ella había dejado en su vida.
Segundos después, el tiempo transcurrió tan lentamente que pareció no querer seguir adelante jamás. El gatillo del revólver tocó fin. En aquél preciso instante la puerta de la habitación de Hugo se abrió de par en par y éste clavó su mirada en la femenina figura que se contorneaba en la penumbra. Era sin duda Elvira, por cualquier motivo había regresado. Al dar un paso adelante su cara se iluminó empapada en llanto, justo entonces la mujer comenzó a articular palabra: “Hugo...”
Un estruendo ensordecedor quebrantó la armonía de la noche.
Kike Sánchez (REVOLUCION_CHE).
Del libro de relatos "Un portal de palabras". Ver más acerca de este libro y su contenido pinchando aquí:
" Un portal de palabras "
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